A que negar que me invade la tristeza si el portón me dio en la mera nariz arrojándome al suelo cuando quise entrar a la estancia cuando me comunicaron que había muerto, que estaba tendido cual largo era en el piso frío y opaco de tantas pisadas en su ir y venir a verlo.
Yo fui uno más que lo visitaba, en efecto lucía pálido, muy demacrado, sus miembros estaban tiesos, tan tiesos que se elevaban al cielo pidiendo clemencia.
Estaba todo marchito; hacía tres días que se le veía rosagante, frondoso, oliendo a bosque, presumiendo sus alhajas que brillaban en la noche. Desde que llegó vestía su mejor traje y presentaba su mejor cara.
A todo mundo cautivó, todo mundo hablaba de él, se captó la simpatía de todos en unos instantes. A nadie defraudó, fue muy magnánimo, a todo mundo obsequió, regaló, a nadie hizo menos.
Para sorpresa de todos esa noche se puso a cantar villancicos dejándonos con la boca abierta.
Nadie esperaba que muriera tan jóven, lo habíamos visto una noche antes alegre y jovial, ahora estaba hecho un viejo decrépito, seco. Había que sacar su cuerpo de ahí cuanto antes. En realidad para qué lo teníamos ahí, había que echarlo fuera para que alguien más importante ocupara su lugar.
Dirán ustedes que somos una familia muy cruel, pero más que crueles somos prácticos. Mamá le quitó todos sus oropeles guardándolos muy cuidadosamente como antes estaban, lo dejó desnudo tal y como nos lo trajeron, sin nada encima; lo curioso es que nadie se escandalizaba, ¿será que ya somos muy civilizados y no nos espantamos de nada?
Tuvimos que pedir ayuda para sacarlo a la calle, varios vecinos se acomedieron y nos ayudaron, ¡como pesaba el condenado! más que cuando lo pusimos en su lugar. Los niños al verlo estaban casi llorosos, no querían que se lo llevarán, pero no hubo más remedio.
Ese día cerarron la calle e impidieron el paso a los automóviles; uno de mis hermanos tomó un bote de náfta y lo comenzó a rociar por toda su superficie, tomo un cerillo, lo frotó y le prendio fuego ante la mirada atónita de la familia y de varios invitados.
Lo raro que no hubo ningún rezo por su alma, nada, ni siquiera la bendición de despedida. Murio como ahora muere uno, ya no enterrado sino quemado; el chirriar de las llamas arrancó olores profundos de su cuerpo, eran los últimos olores, ya no daría más.
Es penoso decirlo pero así es la vida, se luce, se goza, se baila, se canta, se adorna con sus mejores vestidos y se cuelga lo que se encuentra, para después dejarlo sin nada, despojarlo de sus vestiduras y arrojarlo al fuego estilo pira funeraria indú.
Con decirles que no quedó ni el tronco; esos sí, en el trayecto de su recorrido dejo sus huellas verdes
que servían como despedida póstuma de quien nos había alegrado la Noche Buena siendo el invitado de honor ideal, ya que nunca se quejó de nada, ni cuando lo iluminamos, al contrario parecía sonreír.
Pena me da escribir estas líneas, mucha pena y mucha cogoja. Esto me ha servido para que el año entrante si Dios me presta vida, lo sembraré en una maceta muy grande con buena tierra para que se conserve verde y sus lindas ramas no lleguen a secarse tan rápido. Que bueno que lo quemamos y no lo tiramos como si fuera basura, me hubiera dado mayor tristeza, a que negar.
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Emilia Calderón de la Garza ha comentado el grupo Arte postal, Córdoba 2012 de Erick D. Basilio S.© 2012 Creado por Adela Casado.
